|
Los desafíos de la oposición, la política y su temor al vacío y la pasión autosucesoria del peronismo. La Cuestión Malvinas ha puesto a los planetoides de la oposición nuevamente ante una nueva prueba de supervivencia.
El gobierno de Cristina Fernández ha proseguido la misma estrategia que tanto rédito político le ha dado, luego del desastre de las elecciones legislativas de 2009. Proponer políticas que tengan un altísimo nivel de aprobación pública y forzar a la oposición a que decida apoyar al oficialismo (y perder de ese modo toda relevancia), o bien enfrentarlo y de ese modo enfrentar a la opinión pública. Recordemos que el kirchnerismo logró neutralizar al Grupo A en el Congreso y protagonizar una remontada inédita en la democracia argentina proponiendo políticas populares, como la nacionalización de Aerolíneas o la estatización de las AFJP. Hasta ese momento, gobierno que perdía las elecciones de renovación parlamentaria, perdía también las próximas presidenciales. En cambio, Cristina Fernández superó en su reelección los votos obtenidos cuando fue elegida por primera vez, 54 por ciento que potencia exponencialmente la popularidad, en este caso, de la ya popular Causa Malvinas. De este modo, no es por la estética que adquieren sus actos públicos que la Presidenta ocupa el centro de la escena sino simplemente porque ella es la figura excluyente del sistema político argentino (cuestión de la que el progresismo siempre abominó como “personalismo”). Incluso en un acto en el que la sorpresa fue que precisamente no hubo sorpresas, pese a las enormes expectativas generadas desde la Casa Rosada, con invitación formal a la oposición y a Hugo Moyano (¿habrá que contar al sindicalista ya como un opositor, a partir de manifestarle a Daniel Scioli su renuncia indeclinable a ese sello de goma conocido como PJ bonaerense?). Estaba cantado que, con la visita de la ilustre enviada de Barack Obama y Hillary Clinton, el Gobierno no debía agitar demasiado las olas generándoles problemas a los kelpers si quería una declaración pública del Departamento de Estado muy favorable a que ambos gobiernos se sentasen a discutir la cuestión de la soberanía (cosa a la que, como se sabe, se opone el Reino Unido de la Gran Bretaña). Con lo que, paralelamente, el brete de los opositores de participar o no del acto al que fueron solemnemente invitados alude a una cuestión más profunda que salir en una foto o evitarla. En un punto, Mauricio Macri y su PRO la tienen más fácil: no necesitan hacer oposición porque el kirchnerismo los ha tomado como sus archiopositores. Por su parte, el novel FAP de Hermes Binner, en su crecimiento, exhibe interesantes márgenes de maniobra, a tal punto de reservar para Hugo Moyano lugares en su lista de diputados y, por el otro lado, tirarle centros al kirchnerismo. En cambio, en el radicalismo, las inercias del pasado son mucho más fuertes, y se manifiestan en un partido horizontal en demasía. Las declaraciones de Leopoldo Moreau, presente en la Casa Rosada, tuvieron un fuerte impacto en los herederos de Leandro N. Alem. Moreau instó a que el radicalismo abandonara su oposición infantil al kirchnerismo, para pasar a apoyar esas políticas que le hubiera gustado al partido implementar cuando fue gobierno durante la traumática experiencia de la Alianza. Confluirían ahora dos poderosos vectores, poniéndole presión al radicalismo para que busque cierto consenso con el oficialismo kirchnerista (consenso que, se sabe, en realidad se trata de alinearse y aplaudir las propuestas emanadas de la Casa Rosada): uno, la “popularidad” de las políticas oficialistas; dos, su carácter “progresista” para un partido que, por lo menos, en la dirección que quiere imprimirle Ricardo Alfonsín, dé una alternativa socialdemócrata a lo que él considera el populismo kirchnerista. Una convergencia entre el oficialismo y la oposición suena hasta “políticamente correcta” y esperanzadora (¿no fue acaso la necesidad de consenso el principal caballito de batalla opositor durante la crisis del campo?). En las encuestas, la “gente” contesta de forma abrumadoramente favorable cuando se le pregunta si cree que es bueno que todos los políticos tiren para el mismo lado. Sin embargo, en la práctica, la opinión pública demanda que el Gobierno gobierne, y que la oposición se oponga. Frente a la realidad concreta de experiencias consensuales, la gente reacciona tachando a los acuerdos de “arreglos”, “contubernios” o “entongues”. El ejemplo más cercano de responsabilidad y cooperación partidaria, el Pacto de Olivos, fue desastroso para la UCR, la que se desdibujó en su rol opositor (más allá de que Carlos Menem hubiera forzado las cosas con un plebiscito) y marcó el ascenso del Frepaso. Dos de los radicales que se opusieron al Pacto, Fernando de la Rúa y Federico Storani, fueron protagonistas en la recuperación electoral del radicalismo, también debida a su asociación con Carlos “Chacho” Álvarez y con Graciela Fernández Meijide. Las democracias actuales están conformadas por gobiernos de aclamación. Como lo plantea Pierre Rosanvallon, las elecciones confirman o des-confirman al oficialismo que, por definición, es banca. Lo que es lo mismo que decir que él pierde o gana las elecciones. Uno de los motivos de confusión en la oposición es el entender al electorado actual como si tuviera las mismas características que exhibía en los sesenta y setenta. O sea, como polarizado en dos bandos irreconciliables. Pero lo que existe hoy, en cambio, es un electorado que se agolpa en el centro y que se inclina hacia el lado opuesto cuando se siente defraudado por el oficialismo. Y ese “otro” lado no es necesariamente “ideológico”, mal que nos pese a los que nos encantaría que el mundo estuviera gobernado por esa clase de literatura política que veneramos. Ese “otro” lado es, simplemente, quién se coloca como el mejor opositor para ganarle al oficialismo. Los cambios ideológicos en un modelo económico se dan, básicamente, cuando entra en crisis el existente. Aquí. Y también en el mundo. El núcleo fuerte del neoliberalismo fue compartido por gobiernos conservadores, pero también por los progresistas “terceraoleros” mientras todo anduvo bien. Como durante el anterior consenso socialdemócrata, así llamado por Ralph Dahrendorf, que fue compartido en la posguerra por socialistas y por conservadores, estando las diferencias más bien en los detalles. Cuando un modelo es exitoso, las fuerzas políticas principales coinciden en un consenso tácito sobre sus pilares; cada una de ellas busca favorecer sus intereses dentro de una normalidad que sólo puede ser desafiada por su agotamiento. En pleno auge del Plan Austral, el “cafierismo” se asumió también como “socialdemócrata”. De la Rúa ganó las elecciones haciendo el “uno a uno” cavallista con sus dos deditos (y encuestas hechas días después de haberse tomado el helicóptero seguían apoyando la Convertibilidad). Desde este punto de vista, la oposición no es importante por su capacidad (relativa) de control sobre el oficialismo, sino por ser el reservorio de las esperanzas del electorado ante el eclipse de los oficialismos. Y si la oposición persiste en su perniciosa debilidad, entonces no hay ninguna duda de que ésta provendrá del mismo oficialismo. La política, como se decía tiempo ha de la naturaleza, “abomina el vacío”, y el peronismo, en su plasticidad, siempre ha exhibido una inveterada pasión por sucederse. Lo cual sería un problema solamente para los “gorilas” que todavía deambulan por la Argentina, si no viniera también acompañado de todos los problemas que la historia demuestra trae aparejados la falta de recambio y alternancia. Por Luis Tonelli Publicado en el último número de la revista Debate.
|