Jueves 26 de Enero de 2012 22:04    PDF Imprimir Correo electrónico
Malvinas y cambio cultural
A partir de la llegada de Néstor Kirchner, en cada foro internacional y reunión bilateral con las naciones más poderosas del planeta, la Argentina insistió en su posición pacífica y en su disposición al diálogo respecto de la necesidad de negociar la soberanía de las islas.
Durante años, la reivindicación de la soberanía argentina sobre las Malvinas fue una bandera privativa de la derecha más rancia. Como hace unos días dijo en una columna en este mismo diario el cineasta Julio Fernández Baraibar, en nuestro país se llegó a la desmesura de que sólo el Instituto Sanmartiniano podía hablar con “propiedad” y, lo que es más grave, con potestad legal, sobre El Libertador, a la sazón el “Padre de la Patria”. Como la noción de patria, el himno y la bandera, la cuestión nacional había sido apropiada con exclusividad por la derecha. O al menos así se percibía en la cultura de izquierdas, en cuya agenda ni figuraba el tema.
Seguramente prejuiciosa, esa equivocada lectura en la que muchos de nosotros abrevamos, no distinguía lo suficiente entre las miradas nacionalistas populares y el chauvinismo más elemental. Otro error del que nos repusimos colectiva, social y culturalmente a partir del año 2003 y cuyo punto más alto fue la movilización popular por el Bicentenario de la Revolución de mayo.
Desde hace casi nueve años, aquellos recelos fueron cesando, paulatina pero sostenidamente. A partir de la llegada de Néstor Kirchner, en cada foro internacional y reunión bilateral con las naciones más poderosas del planeta, la Argentina insistió en su posición pacífica y en su disposición al diálogo respecto de la necesidad de negociar la soberanía de las islas. Y no solamente.
Ya en agosto de 2003, el primer gobierno del ciclo kirchnerista negó la inmunidad absoluta a tropas militares estadounidenses que pretendían un paraguas diplomático para sus oficiales durante los ejercicios armados que se iban a realizar en Mendoza. Seguidamente, nuestro país se abstuvo de condenar a Cuba por los Derechos Humanos, impidió en la Cumbre de Mar del Plata la anexión de América Latina al ALCA, y hasta se pronunció contra la intervención militar estadounidense en Irak. Todo esto sin contar los hitos de unidad latinoamericana expresados en la rápida respuesta regional a los intentos desestabilizadores y/o directamente golpistas en Bolivia, Honduras y Ecuador.
Por cierto, esa firme posición nada tenía que ver con la política sostenida por el Estado argentino en los años anteriores, especialmente durante el menemismo, llamada “de seducción”. Cualquier parecido con “seducir” a los capitales multinacionales para que inviertan en el país mediante la atractiva limitación de los derechos laborales es mucho más que mera coincidencia.
¿Qué estrategia de soberanía medianamente seria podía trazarse el gobierno de las relaciones carnales con el imperialismo estadounidense, la entrega absoluta de las riquezas nacionales, y el God bless, mister president? ¿Son compatibles la soberanía nacional y la privatización de los recursos estratégicos? ¿Puede haber revolución sin soberanía?
Los cambios en la línea geopolítica de nuestro país en los últimos años son notables. Sus resultados, también. Ya no es únicamente la Argentina la que reclama sus derechos jurisdiccionales sobre las Malvinas, sino todo el continente. La defensa de la soberanía es entendida a nivel regional como una autodefensa que el bloque latinoamericano debe hacer de sus propios recursos naturales, ante la inocultable apetencia de las naciones poderosas, cuyas economías se encuentran –atención– en agresivas crisis, que intentan moderar expendiéndolas a sus zonas de influencia.
Los argentinos aprendimos con la fuerza de una verdad histórica, que no hay idea de soberanía ni noción de patria en el mundo actual, globalizado y profundamente desigual, sin un proyecto nacional que la sostenga, de integración y emancipación regional, distribuidor igualitario de las riquezas socialmente producidas.
Es este nuevo escenario el que, sin dudas, descoloca al imperio inglés. Y no sólo a él. Clarín dice que el gobierno utiliza el conflicto con Gran Bretaña con intenciones domésticas, que excederían, oscura e inconfesablemente, el legítimo motivo de custodiar la soberanía. “Cristina fijó a Malvinas en su agenda exterior de este año como una prioridad. Desea sacar al conflicto de la postración de la posguerra. Y fogonear, tal vez, la esperanza de una continuidad en el poder, personal o delegada, que la economía ya no le garantiza”, sostiene ligeramente Eduardo Van Der Kooy en su último panorama dominical. Es, ciertamente, una apreciación injusta. Y forzada. Desconoce el más importante dato de la realidad: las declaraciones explosivas las hizo David Cameron y no el gobierno de Cristina.
Ese diario no opinó con tanta liviandad cuando dos años atrás, los diputados nacionales Oscar Aguad, de la UCR; Paula Bertol, del PRO; y Adrián Pérez, por entonces titular del bloque de la Coalición Cívica, concurrieron a una reunión de honor convocada por el Departamento de Asuntos Exteriores del Reino Unido. El encuentro se celebraba en simultáneo a la protesta formal de nuestra Cancillería por el avance hacia las Malvinas de la plataforma semisubmarina Ocean Guardian, que días antes había iniciado acciones de exploración en las aguas marítimas en disputa. Una burda operación británica que, al mismo tiempo, buscaba contrarrestar la declaración de los 32 países integrantes del Grupo Río, reunidos en Cancún, que por esas mismas horas apoyaban en bloque el reclamo argentino.
Ahora todo es distinto. Elecciones de octubre mediante, todo el arco opositor se ha encolumnado, aunque con matices, detrás de la demanda de soberanía. Menos los medios que ya sabemos, claro. Qué otra cosa podemos esperar de quienes se alinearon con el imperialismo estadounidense ante el incidente provocado por el avión militar de ese país que pretendía ingresar a Ezeiza con armamento y drogas sin declarar.
No lo reconocerán nunca, pero el exabrupto de Cameron les sienta bien: el nuevo colonialismo disfrazado de “autodeterminación”. Excusas de izquierda para justificar la peor dominación. ¿Para qué insistir con la soberanía sobre un territorio cuyo pueblo “quiere seguir siendo parte del Reino de Gran Bretaña”, sin importar las condiciones en las que eventualmente haya elegido esa autoridad? ¿Y los derechos sociales y políticos de los kelpers, qué?, se pregunta sin ninguna autoridad moral el gobierno de un país que invade militarmente a otros. ¿Para qué saber la identidad biológica de los hijos de los desaparecidos si ellos, que son adultos ya, desean dejar todo como está, en la niebla del olvido?, traducen voces locales. ¿Para qué declarar de interés público la producción de papel de diarios si con lo que produce Papel Prensa en manos privadas alcanza?
Se equivocan, sin embargo. En la Argentina de nuevo signo político el derecho y la legalidad están primeros. En el renovado mundo que se proyecta desde América Latina, también. Aquel “nuevo orden internacional” resulta, a esta altura de los hechos, irremediablemente viejo.

Periodista y poeta. Publicado en la edición de ayer de Tiempo Argentino.
Por Demetrio Iramain